En veinte años México pasó de un puñado de proyectos a una de las escenas artesanales más vivas del continente. Ya no se trata de imitar a Europa: hay estilos propios, ingredientes locales y cerveceras que compiten de tú a tú con cualquiera. Esta es nuestra colección más grande, y la que más crece cada mes.
La Ciudad de México concentra buena parte del talento, con Cervecería Nómada y Falling Piano a la cabeza. Guadalajara ha construido su propia identidad alrededor de Santa Sabina, Rey Árbol y Minerva, una de las pioneras de la artesanal mexicana. Y en Querétaro, Hércules y Primus convirtieron el Bajío en parada obligada.
El norte tiene otro carácter. La frontera bebe lúpulo: en Tijuana, Insurgente y Rámuri llevan años empujando el estilo americano hacia terreno propio, y Fauna hace lo mismo desde Mexicali. En Ensenada, en cambio, la cercanía del mar y del valle vinícola dejó una escuela más contenida, con Wendlandt y Agua Mala. Y desde Los Cabos, Baja Brewing Company.
Completan el mapa Cervecería de Colima, las potosinas de San Luis Potosí y los proyectos jóvenes de Michoacán. Están todas, con las que trabajamos de cada estado, en el directorio de marcas.
¿Por dónde empezar? Una IPA mexicana si quieres entender de qué va todo esto, o una Imperial Stout nacional si ya vas en serio: están a un nivel altísimo.
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